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miércoles, 15 de febrero de 2012

ARMISTICIO


Estimado Bradomín:
Permítame que traiga aquí unhas poucas ideas roubadas dun filósofo arxentino, Vicente Fatone, descuberto estes días. Foi profesor moi apreciado do noso admirado Cortázar.

Bandeira blanca.
O meu EGO retírase da batalla e mándame saúdos afectuosos para o SEU. Acépteme como regalo o tanque aplastabradomines, igual lle combina ben cos mobles do salón.
Un saúdo cariñoso para Dona Paquita.




Yo siempre tengo razón

"Quien no opina como yo está equivocado". Éste es el convencimiento secreto de todas las personas que discuten. Y es lógico que así suceda, porque tener una opinión significa creer que se tiene una opinión acertada; de donde resulta que quienes no tengan la misma opinión tendrán forzosamente una opinión errónea.

El que las propias opiniones sean siempre acertadas se basa en un hecho ya señalado en un pequeño librito de cincuenta páginas escrito por el señor Descartes. Comienza diciendo, ese librito, que la inteligencia es la cosa mejor repartida del mundo, pues cada uno está conforme con la que tiene. Es decir: con la mucha que tiene; a lo cual puede, agregarse que cada uno esta conforme, también, con la poca que tienen los demás. Gracias a la mucha inteligencia que uno tiene y a la poca que tienen los demás, resulta que quien siempre está en lo cierto es uno mismo, y quienes siempre se equivocan son los demás.

Como opinar es tener razón, lo terrible es que a uno no lo dejen opinar y le griten: "¡Usted se calla!". Así los padres le amargan a uno la adolescencia, y de la misma manera se la amargan los profesores de matemáticas pues en matemáticas resulta que tampoco lo dejan a uno opinar, que es no dejarlo tener razón. Y lo mismo sucede en la comunidad, cuando uno les grita a todos: "¡Ustedes se callan!", después de lo cual ese uno puede, justamente, decir: "¡Yo siempre tengo razón!"

En el famoso librito del señor Descartes se aconseja no discutir y conformarse con la generosa dosis de inteligencia que Dios le ha dado a cada uno, sin regocijarse por la poca que le ha dado a los demás. Pero sería falso sostener, sin embargo, que las discusiones son inútiles, porque de ellas no surge ninguna verdad. Surge, por lo menos, la reafirmación de dos verdades: precisamente las que se refieren a la mucha inteligencia de uno mismo y a la poca ajena. (Con la ventaja de que de esas dos verdades se convencen las dos personas que discuten). Como, en definitiva, toda discusión tiende a reafirmar ese convencimiento, no conviene invocar razones que compliquen una cosa tan sencilla. Las razones se invocan para demostrar la propia inteligencia, pues tener razón en algo es ser inteligente en la apreciación de ese algo. De ahí que cada uno se resista a aceptar las razones ajenas, y de ahí, también, que cada uno diga que el otro no quiere entender razones. El que discute no acepta razones, y hace bien, porque aceptar razones es reconocer que quien está equivocado es uno mismo y no el otro. Y para llegar a eso no valía la pena discutir. Lo mejor, pues, cuando alguien desconocedor de la técnica de la discusión, invoca razones, es recurrir al argumento clásico y definitivo y decirle: "¡A mí no me va a convencer con razones!" (De otra manera, más popular, pero menos sabia: "¿Usted me quiere trabajar de palabra?").

Un procedimiento eficaz para evitar que la discusión se complique con razones es emitir la propia opinión lo más oscuramente posible. Es el consejo que hace veintitantos siglos daba el señor Aristóteles, que de estas cosas entendía una barbaridad: "Es necesario presentar oscuramente la cosa, pues así lo interesante de la discusión queda en la oscuridad". Si el otro no entiende, tendrá que confesarlo, y confesar que no se entiende algo es confesar que la inteligencia no le da para tanto. (Con este procedimiento se evita, además, que aprendan gratis los curiosos atraídos por la discusión).

Lo molesto, en una discusión, es que cuando uno está exponiendo sesudamente sus opiniones, el otro lo interrumpa para preguntarle: "Me permite, ahora, hablar a mí?" O sea: ¿Me permite opinar? Pero, ¿cómo se lo va a dejar al otro que opine? ¿Cómo se lo va a dejar que, opinando, se forme el prejuicio de que tiene razón? A veces, el otro, pasándose de vivo, lo interrumpe a uno para decirle: "¡Yo no opino lo mismo!" Y con eso cree tener razón, sin darse cuenta de que precisamente porque no opina lo mismo está equivocado. De ahí que, para abreviar la discusión y demostrarle rápidamente al otro que está equivocado, conviene preguntarle: "¿Usted no opina lo mismo? Si contesta que sí, reconocerá que quien tiene razón es uno; y si contesta que no, estará perdido, pues habrá confesado que quien no tiene razón es él. Por eso, quienes saben qué está en juego en una discusión, si se les pregunta: "¿Usted no opina lo mismo?", contestan evasivos: "Mire, yo francamente... ". El "francamente" es para despistar. Los que así contestan son los que no tienen interés en ponerse de acuerdo con nadie. Y, si se mira bien, se verá que en las discusiones nadie puede tener interés de ponerse de acuerdo con nadie. Si después de discutir dos horas es necesario admitir que se estaba de acuerdo, se produce una doble decepción, porque cada uno se ve obligado a estar conforme con la mucha inteligencia que al otro le ha tocado en suerte, que es una manera de no estar conforme con la poca inteligencia que le ha tocado a uno. Y para llegar a eso, tampoco valía la pena discutir.

Como se ve, una buena discusión es toda una técnica de higiene mental; en las discusiones conviene que hable uno sólo y que el otro sea quien confiese que no opina lo mismo. En rigor, cuando se discute no interesa decir qué opina uno mismo ni averiguar qué opina el otro. Lo que interesa es decirle, al otro, que está equivocado, como se asegura que hacía Unamuno. Unamuno entraba en una reunión y preguntaba: "¿De qué se trata? ¡Porque yo me opongo!" Y les demostraba enseguida, sin dejarlos chistar, que todos estaban equivocados. Y si a alguien se le preguntaba después: "¿Qué dijo Unamuno?", ese alguien contestaba: "¡No sé!" ¡Pero tenía toda la razón del mundo!"

Y ahora algún lector podrá sostener que no, que todo esto es falso, que la técnica de la discusión no es ésa. Pero ese lector, por el simple hecho de confesar que no opina como nosotros, reconoce, sin quererlo, que está equivocado.

[Publicado originalmente en El Mundo (periódico) 17-X-1939. Edición de Ricardo Laudato]

8 comentarios:

  1. As razóns de cada ser pensante que viviu, vive e vivirá neste mundo racionalizado, onde cada ser parte dunha condición animal ou vexetal, son infinitas e sorprendentes. Afortunadamente non sabemos de todo e ninguén está en posesión da "verdade absoluta", as variables existen e o grado de ignorancia e abondoso en cada un de nós, cando falamos de cultura xeral ou coñecemento amplo do mundo/vida, porque hai tantos mundos como seres. En canto ó ego...de cal me fala? Teño varios. JUego nª7

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  2. Pois eu teño máis aínda. Se quere seguimos rifando a ver quen gaña. Pero penso, que polo de agora, está ben así. Os que queiran carnaza que vexan o Sálvame.
    A sus pies, señor marqués.
    PD: Pode reciclar o tanque aplastabradomines de vistoso pisapapeis para o seu estudio. É moi efectivo.
    Bicos

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  3. Non. Grazas.
    "O soño da razón produce monstruos" e xa non estou pra Caprichos. Morra o conto.
    JU

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  4. Bueno, pois agora unha de area: é vostede unha Goya fasendo xoghos de palabras.
    A pantasma de Canterville

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  5. Ben, vai unha de cal: e vostede unha digna litigadora buscando as cóxegas.
    JUe... ves?

    P.D.
    "La razón es aquello que todas las personas tienen en común cuando están tranquilas" Voltaire

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  6. Dona Paquita, anda por aí? que se ponga.

    Ju , temos que cambiar de rollo e desaparecer do blog unha temporada, que espantamos á peña. Como pantasmas que somos ámbolos dous, iso de desaparecer está chupao.

    Alghún seguro que pensou que o sangue era de verdade.
    Malpocados!non sabían que esta disputa estaba preparada de antemano. Isto é como na tele: nada é de verdade. Puro morbo para gañar audiencia.

    uhhhhhh marcho coas miñas pantasmadas uhhhhhhhh.

    Ata máis ver.

    A pantasma invertebrada

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  7. Está claro que o persoal ten medo, moito medo...e como dixen nalgunha ocasión, eu teño medo dos que teñen medo.
    O medo é libre e dóeme ver como van caendo na trampa. JU

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  8. Medo de que? bueno , será das pantasmas e as súas pantasmadas ¡uhhhhhhhhhh!
    Eu máis ben creo que están un pouco aburridos de nós. E non me extraña.
    Agora sí, desaparezco. uhhhhhhhhhhhhh.
    Suplico que se hai alguén por aí que meta unha nova entrada ,que non hai como abrir a ventana para que entre o vento fresco.
    a pantasma no espello

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